viernes, 2 de noviembre de 2012

Entrevista de Oscar Razani sobre Estado Transitorio, en Página 12


“El cine tiene un vínculo desacralizado”

La autora hace un análisis exhaustivo del profundo cambio que experimentó en los últimos años la relación del espectador con lo que sucede en pantalla. En ello juega un rol central la explosión tecnológica, que desarrolló una multitud de foros virtuales de debate.

 Por Oscar Ranzani
La irrupción de las nuevas tecnologías ha provocado cambios sustanciales en la mayoría de las disciplinas artísticas, y el cine no es la excepción. La investigadora Lorena Cancela se vale de herramientas como la filosofía y la semiótica para dar cuenta de ellas en el libro Estado transitorio: Cinefilia en el siglo XXI (Editorial Djaen), para analizar cómo se modificó el comportamiento de los espectadores en los últimos tiempos. La inclusión del 3D, el cambio de los escenarios públicos a los privados, el surgimiento de los denominados “cinéfilos mutantes”, el estado de la crítica, la relación entre el cine y el consumo son algunos de los ejes temáticos que llevaron a Cancela a reflexionar sobre ese “estado transitorio” que, según describe, en la actualidad “es preferible decir que el cine está siendo tal o cual cosa a decir que el cine es tal o cual cosa”. Cancela señala que, a lo largo de su historia, el Séptimo Arte siempre se preocupó por tratar de definirse y de buscar su esencia. “Por supuesto que, a lo largo de los años, la pregunta tan maravillosa ‘¿Qué es el cine?’ fue respondida de diferentes maneras. Y hoy es transitorio porque no podemos llegar a dar una respuesta unívoca de qué es el cine. No hay una idea generalizada a propósito de esto. En todo caso, hay muchas ideas sobre lo que es el cine hoy.” Bajo ese marco conceptual, la investigadora analiza la recepción y las nuevas formas que el espectador tiene de relacionarse con las películas a través de nuevos hábitos de conducta.
–¿Cómo analiza al nuevo espectador con un rol más activo?
–Pasan dos cosas. El espectador tiene nuevas maneras de acceder al material y nuevas maneras de involucrarse con ese material. Antes, uno para tener la película que le gustaba inevitablemente tenía que ir al cine. La única manera de ver las películas y comentarlas era yendo al cine. Ni siquiera en los ’60 existía el VHS. El VHS fue modificando esto, pero las nuevas tecnologías lo tiraron por la borda. Hay un tema: uno no podía pasar el VHS como un archivo a alguien que está en Tailandia. Y hoy esto es posible. De hecho, se arman grupos colectivos de cinéfilos que intercambian información de esa manera. Y esto se ve en la cantidad de publicaciones que proliferan. Hay como una cuestión global y colectiva de gente que se junta porque comparte ciertos gustos o intereses por películas que no necesariamente fueron exhibidas en sus países de origen.
–¿El cambio en la recepción del cine se debe solamente a estos avances tecnológicos o también tiene que ver con cuestiones sociales y culturales?
–Obviamente tiene que ver también con cuestiones sociales y culturales. Yo lo pienso desde el lado del cine, pero hay gente especialista y experta en ver cómo las nuevas tecnologías modifican la manera en que las personas se relacionan: desde conocer a alguien por Internet (un gran cambio social) al hecho de que la tecnología sea la “memoria” de la gente. Para bien y para mal, las nuevas tecnologías están condicionando la forma en la cual se relaciona la gente y hay un montón de embrollos que se generan por esto. Y también hay muchas películas que hablan de esto.
(foto Raúl Iturrieta, San Juan8)
–¿Por qué señala en su libro que, a diferencia de otras artes, “cualquiera puede hablar de cine”?
–Todos podemos hablar de cine porque éste es mucho más desacralizado que la pintura o el teatro, por ejemplo. Es un medio de expresión mucho más cercano a la gente y genera que todos opinen. En la televisión pasa todo el tiempo: uno ve la TV y, en algún momento, aunque no sea un programa de cine, siempre sale una película que uno recuerda. Genera un vínculo mucho más desacralizado con el espectador que otras artes.

–La “interacción moral” que comenta en su libro que se producía entre el espectador y los personajes, ¿se modificó en la actualidad?
–Depende qué película uno mire, porque hay films con los cuales uno entabla una relación mucho más estrecha con los personajes o que se involucra mucho más moralmente. Digo “moralmente” estando a favor o en contra. Lo que pasa es que este involucramiento está ligado al cine de Hollywood, que es un poco el que nos enseñó que tenemos que identificarnos con los personajes y aceptarlos o rechazarlos en sus acciones. Hay otro cine que no nos pide eso, porque también nos muestra más los matices de los personajes: no son enteramente buenos, sino que, también, como todas las personas, tienen sus cosas. Insisto en que depende la película, es la relación que el espectador entabla con ésta.
–¿Cree que se intensificaron las relaciones entre el espectador y la imagen a partir del 3D?
–Sí, totalmente. El 3D intensifica esta idea de que uno está dentro de ese mundo. Avatar fue el ejemplo más claro. La película misma te está proponiendo eso. ¿Qué te propone? Que hay un hombre al que lo enchufan a algo y que se mete en un mundo que, en realidad, no existe. Pero todo el film es estar dentro de ese mundo irreal. Entonces, desde ese lugar creo que es como una relación “más carnal”.
–¿Por eso señala que esa interacción que antes era cognitiva y emocional ahora también es sensorial?
–Sí. Uno está metido con su cuerpo adentro.
–¿Pero eso no sucedía antes?
–Creo que antes era más ver la pantalla y uno trabajar con el intelecto, no tanto con el físico. De hecho, en muchos casos a las historias había que seguirlas intelectualmente. En cambio hoy, es una cuestión sensorial que se ve intensificada por el sonido envolvente, la butaca súper confortable y otra serie de cuestiones técnicas que coadyuvan a esta sensación. Seguramente también antes existían otras películas, pero no era tanto esa búsqueda ni era ésa su propuesta narrativa.

domingo, 28 de octubre de 2012

Los Salvajes y Moonrise Kingdom


Dos películas muy distintas (Los Salvajes de Alejandro Fadel, y Moonrise Kingdom de Wes Anderson) se unen al ser, de alguna manera, reescrituras contemporáneas del cuento de Hansel y Gretel.


Ambientada en las sierras cordobesas (un lugar que el realizador eligió por sentirse menos familiarizado que con las montañas de su Mendoza natal) la primera cuenta la “historia” de un grupo de chicos que se escapan de un “reformatorio” y comienzan a deambular por el monte. Los Salvajes, si bien tiene un tono sombrío y serio (acentuando por la música ambiental), no elude (quizás sin proponérselo) cierta comicidad (como cuando uno de los personajes aparece vestido con la piel de un jabalí).

En la línea del cine que inauguró el argentino Lisandro Alonso (de escasos y secos diálogos, silencios en medio de una naturaleza como expectante, sacrificios a animales) Fadel da una vuelta de tuerca. Porque si Alonso, con total coherencia., quería mostrar la vida de un hachero en medio de la Pampa, Fadel se entusiasma mucho más con el estilo (demostrando que se puede filmar en un entorno incómodo, por ejemplo), y no contento con eso construye una tesis sobre el mundo y el ser humano.

Porque ¿a qué salvajes alude el título? ¿A los chicos que se escaparon del reformatorio y matan porque sí? Sin ningún tipo de motivación, como si una bala, o un tajo fuera igual a un erupto que se les escapó del estómago. Sino tengamos en cuenta la reflexión que hace uno de ellos de que es “un hijo de puta porque es hijo de puta”. A ver, es cierto que a lo largo de la historia de la filosofía la tesis de que el hombre es un “asesino por naturaleza” ha tenido más o menos vigencia. Pero en los albores del Siglo XXi ¿estamos en condiciones de sostener esa misma hipótesis?

En el universo de Los Salvajes parecería que sí. De todas maneras, no es la parte moral de la fábula lo que quiero discutir sino pensar a esta con relación al cuento de referencia. En el cuento dos niños comienzan a vagabundear por un bosque y llegan a un lugar que parece mágico pero termina siendo peor del que salieron. Este lugar está controlado por una bruja. ¿Cuál es la moraleja entonces? Que los niños deben permanecer en el hogar (y esto vale tanto del adulto como de los niños). Lo sintomático en Los Salvajes es que el lugar al que llegan no es peor del que se fueron, es igual. 

En la película de Wes Anderson, por el contrario, el lugar al que llegan los niños perdidos es radicalmente diferente. ¿Por qué? Porque está gobernado por el amor. Su lugar, un auténtico no lugar que los dos niños crean con poco y nada, es el lugar utópico, el lugar ideal que, por supuesto, los adultos serán los encargados de destruir.

El mundo “salvaje” de Fadel, por el contrario, no tiene revés. No tiene un no lugar al que llegar y es exactamente igual al mundo de todos los días: de los asesinatos, de los animales faenados, del desamor, del individualismo (recordemos que una a uno los chicos se van separando). El mundo de Anderson es, por el contrario, el mundo que no es. El mundo solidario, loco de amor, a conquistar, con códigos de amistad, de tareas comunitarias. El mundo como es y el mundo como debería ser, dos tesis que se debaten en el seno del cine contemporáneo.

domingo, 21 de octubre de 2012

Festival 4 + 1


Este año se repite el Festival 4 + 1 que se desarrolla simultáneamente en distintas ciudades, y va rotando su sede. Hace unos años la base fue Buenos Aires y en este marco visitó el país el director tailandés Apichatpong Weerasethakul. El conversatorio fue interesante: el director se mostró sincero, romántico y mostró un cortometraje de su autoría: I’m Still Breathingmade  de la banda de rock tailandesa Modern Rock. Recuerdo que el corto exploraba el cuerpo masculino a través de una mirada amorosa, y una cámara como deseosa de esos físicos jóvenes.

En esta oportunidad, su tercera edición, la sede central del festival será Río de Janeiro y allí se dará cita Werner Herzog: el año pasado Ciudad de México fue la sede central e invitaron a la realizadora japonesa Noemí Kawase. En Buenos Aires, las películas se proyectarán en la Lugones. Gran acierto de esta edición volver a una sala popular que se caracteriza por fomentar la cinefilia desde hace muchos años. Algunos de los directores que forman parte de la programación son  el citado Herzog, Johnnie To, Abel Ferrara y Chantal Akerman.

(Werner Herzog)

De esta última se exhibirá su trasposición de la novela La Folye Almayer de Joseph Conrad que se exhibió también en el pasado Mar del Plata. La película, cuyos cautivantes escenarios no hacen caer a la cineasta en el exotismo, cuenta las vicisitudes de una mujer en medio de una sociedad patriarcal donde el coloniasmo ha dejado su huella.

La atmósfera de la película es densa porque denso es el entramado de referencias culturales que se dan cita en la misma Nina (de padre blanco, y mamá asiática). Akerman explora el espacio de una manera animal, casi felina, y de allí surgen sorprendentes movimientos y emplazamientos de cámara muchos de los cuales, imagino, fueron captados con botas de goma. El final es epifánico, una barca se aleja por un río hacia algún lado, hacia una conquista más chica pero igual importante que la de un continente: la conquista de uno mismo.

También en este marco podrá verse Bellflower de Evan Glodell.  Cuando la vi, el tratamiento de la imagen me recordó a los créditos de True Blood (la serie de vampiros de HBO) porque había cierta desprolijidad/prolija en la película. ¿Qué significa este oxímoron? Me explico: es una película de amores trash, con sangre y fuego de por medio, pero  todo está mostrado de una manera  cool. ¿Me expliqué? No sé, pueden ver la película de todas maneras.

El resto de la programación es muy atrapante (se puede chequear en su página web). Personalmente espero poder ver la película de Abel Ferrara: 4. 44 El último día en la Tierra.
                                                               www.festival4mas1.com

lunes, 15 de octubre de 2012

El auge del documental en América del Sur

Si un género se destaca en el actual escenario del cine de la región es, sin dudas, el documental. Y el Primer Festival de Cine de la UNASUR/SAN JUAN comprobó una vez más la vitalidad de un género que año a año crece en número, calidad y diversidad. Así no sorprende que el Jurado en esta categoría (Jaguaribe, Jacobsen Camus, Domènech) haya otorgado un premio compartido a Nacer del colombiano  Jorge Caballero y Con mi corazón en Yambo de la ecuatoriana María Fernanda Restrepo Arismendi.

Dos películas igual de sorprendentes aunque diferentes en sus estrategias narrativas. Nacer cuenta la historia de un grupo mujeres que llegan a dar a luz a los hospitales públicos de Bogotá. En cada testimonio se pueden escuchar sus dudas, o certezas, pero el contraste más fuerte se da entre la manera de enfrentar el tema por parte de los médicos y por parte de las futuras mamás. “La película muestra la ausencia de comunicación que hay entre lo humano y lo mecánico, entre la familia, las madres y todo el personal sanitario. Son dos maneras de entender el nacimiento, son dos maneras de entender la vida”, dijo en una ocasión Caballero.

Con mi corazón en Yambo elige el relato en primera persona que utiliza como materia prima el archivo y también la investigación personal. Es que la realizadora, Restrepo (con la producción de su amiga Randi Krarup), es una de las víctimas del desgarrador hecho que narra el documental: En 1988, en plena democracia ecuatoriana, sus dos hermanos desaparecen. María Fernanda tenía 10 años, sus padres colombianos estaban de vacaciones, y ella esperaba en la casa de una amiga a que Santi y el Nene la pasen a buscan: nunca llegaron. A partir de allí comienza una búsqueda desesperada por parte de sus padres quienes, sin suerte, se enfrentan a un sistema policial perverso y corrupto que oculta lo que la familia, y un testigo de la propia policía, sostiene: que los hermanos fueron detenidos, torturados y arrojados al Yambo (una laguna de las afueras de Quito) por un grupo policial de “elite”. 

(María Fernanda)

Inspirados por las Abuelas de Plaza de Mayo, los Restrepo llevaron adelante su lucha solos en la Plaza del Centro Histórico de Quito durante décadas. En las más de dos horas que dura el documental (casi nada comparado con la lucha de esta familia) vemos a la realizadora increpar a los sucesivos presidentes, y a los policías implicados en el caso. Uno de estos comete un “lapsus” horroroso negando lo que su inconciente trae a la luz: que los hermanos fueron detenidos. Es espeluznante ver como María Fernanda increpa cara a cara a cada uno de los policías quienes, cínicamente, le siguen negando su participación. La película fue vista en el Ecuador actual por más de 160 000 espectadores, y el gobierno del presidente Correa puso a disposición de la familia equipos de rastreo para bucear en la laguna los cuales, aún, no han encontrado nada. 

Papá Restrepo y Señora estuvieron en San Juan con la calidez que caracteriza a los ecuatoriamos. Aquí dejo una foto de su paso, y del mío, por la provincia.

(Pedro José y Martha Cecilia Restrepo)

martes, 2 de octubre de 2012

Entrevista en El Telégrafo, Ecuador

Este mes voy a subir dos textos (uno que se publicará en Caras y Caretas, y otro publicado en Desistfilm) pero mientras tanto subo esta entrevista que me hicieron unos colegas ecuatorianos en 2009.




lunes, 24 de septiembre de 2012

El cine y lo que queda de mi/Hernán Musaluppi


Me preguntaron si quería leer y escribir algo al respecto de “El cine y lo que queda de mí”, firmada por Hernán Musaluppi y publicada por Capital Intelectual, y aquí estoy.


A primera vista, me sorprende el uso de la primera persona en el título, y la inclusión en la colección Confesiones, por dos cuestiones: La primera porque se me viene a la memoria la frase que, como al pasar, dice el personaje del productor en La Noche americana (1973) de Truffaut: algo así como que los productores prefieren permanecer en el anonimato. La segunda porque si bien Musaluppi es productor de varias películas argentinas importantes convengamos en que aún, con sus apenas pasados 40 años, no es Val Lewton, ni Selznick, ni Ponti u Olivera. Por otro lado, desconocía su vocación literaria: nunca me crucé con un blog suyo, o un texto de cine de su autoría en otro lado.

Comienzo a leer el libro y, efectivamente, encuentro que la primera persona literaria es contundente en el texto. Encuentro datos de la vida personal de Hernán más allá de su actividad, información sobre sus gustos o disgustos (culinarios y musicales). Sigo leyendo y aparecen testimonios de otros productores, balances del oficio, sus convicciones a propósito de lo que el cine local debería ser.  Y entonces, como lectora, me pierdo.

En las películas es común “perderse” y en algunos casos es, incluso, esperable que esto suceda. Pienso en las obras “incompletas” de Ruiz o Kiarostami donde el espectador tiene que hacer el esfuerzo de “seguir” el relato, o crearse un relato paralelo a aquel. En las películas también es común intercalar registros (Antonioni en El Pasajero, 1975), mezclar texturas (Egoyan),  incorporar testimonios (Naikor de Trapero) y cambios de punto de vista (Scorsese).  El tema que una película no es sinónimo de un libro. Y lo que en una ópera prima podría “festejarse” (como en Quien golpea a mi puerta, 1967, M.S) en un libro no es necesariamente así.

En otras palabras encuentro que “El cine y lo que queda de mí” es una publicación ecléctica, una sumatoria de fragmentos más que un todo, o un objeto en sí mismo. Esto no significa que esos fragmentos no sean interesantes, dramáticos, cómicos, o que estén mal escritos. Todo lo contrario: el autor tiene talento para la escritura y ojalá lo siga desarrollando.  Mas personalmente hubiera elegido escribir un texto de tono autobiográfico, o un libro de divulgación, o un libro de opinión, o un libro de análisis de casos: las cuatro facetas juntas hacen que una parte pierda valor sobre la otra.

La parte, digamos, de tono autobiográfico me gusta. El autor construye un anti héroe fóbico, criticón y contradictorio (se dice vegetariano pero come pescado), una especie de humanista al que el mundo del cine le pasó una factura equivocada. Este tono woodyallenesco que hace Musaluppi de su yo (un yo traumatizado por hechos tristes de la realidad y, por otros momentos, auto traumatizado) bien se bancaría un libro entero de ficción. O - ¿por qué no?- una película. Me imagino que esta podría ser como Vaquero de Juan Minujín, pero del lado del productor.

Es que Musaluppi, catárticamente, “se carga” a todos: a los que él considera críticos  (no voy  a dar aquí mi posición al respecto porque acabo de hacerlo en mi libro ESTADO TRANSITORIO), a productores, a actores, a algunos directores, a estudiantes de la FUC, a tipos de más de 50 años que no entendí bien que particularidad tienen…  Parece un somelier, pero de personas. Y cuando acusa el autor no da datos concretos o expone fuentes.

Después está el otro registro del libro: el de las entrevistas, o las conversaciones que aparecen en cualquier momento con otros productores. Luego están los análisis  o las comparaciones de casos (el cine español y el  nacional, el de Hollywood y el argentino, El Estudiante de Santiago Mitre), y también están sus opiniones sobre lo que el cine argentino debería ser.

Todo es interesante, y necesario discutir en el contexto actual, pero tantas ideas juntas, insisto, se diluyen unas en otras. De todas maneras, y dada las pocas publicaciones de cine editadas en nuestro país firmadas por autores nacionales, celebro desde este pequeño espacio el nacimiento de “El cine y lo que queda de mí” de Hernán Musaluppi. 

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Unasur Cine, San Juan/El año del Tigre


Estuve unos días en la ciudad de San Juan, capital de la provincia homónima, a propósito del primer Festival de Cine de la UNASUR que se desarrolla del 15 al 22. La inauguración, a la que asistió el gobernador de la provincia Ing. José Luis Gioia junto a embajadores de la Unasur, el Secretario de Cultura de la Nación Sr. Jorge Coscia y la directora del festival Paula de Luque,  tuvo lugar en la playa seca del Centro Cívico. La película de Apertura fue Aballay de Fernando Spiner seguida de un cóctel en el mismo lugar.


(Oscar Ranzani)


(frente Dirección de Turismo)

Uno de los aciertos es que el festival se realiza en una geografía distante de la capital, en medio de unos de los entornos más hermosos del país: la Región de Cuyo. Otro de los aciertos es que el espectador, o el profesional del cine como es mi caso, tiene la posibilidad de entrar en contacto directo y sin muchos rodeos con las películas que se están produciendo en la región a las que, paradójicamente, fuera de los festivales no tenemos prácticamente acceso en los canales tradicionales de exhibición. Festivales así ayudan a entender un poco más el mapa cinematográfico de la región porque las películas se pueden ver una detrás de otra. Es que, a veces, en el contexto de otro festival las películas latinoamericanas no ocupan el centro de la escena. O uno mismo privilegia ver películas de países a los que quizás nunca vaya. Países que quedan lejos simbólica y geográficamente.

La Argentina necesita un festival así: temático y especializado como lo tienen Perú y Cuba y como, en algún momento, intento ser el Festival de Mar del Plata. Sé que algunos no están de acuerdo con esta premisa porque, dado el actual mapa de producción, a veces las películas que se dicen latinoamericanas tienen subvenciones de países europeos, y de alguna manera responden a ese canon, pero si consideramos a la nacionalidad de una película ligada a la autoría de quien, o quienes, la realizan, la cosa cambia. Por otro lado, que festivales así se consoliden quizás también coopere a que se produzcan películas que para mostrarse no estén sujetas o condicionadas por el “gusto” o el canon de los festivales de cine europeos.

Sin contar la apertura, en dos días vi 8 películas. Algunas de ellas, como El año del Tigre de Sebastián Leio, ya se habían exhibido en otros festivales del país, pero otras se exhibieron en calidad de pre estreno. Aquí no voy a hablar de las películas que me impactaron (sobre todo el documental ecuatoriana Mi corazón en el Yambo de María Fernanda Restrepo), o de aquellas que están prontas a proyectarse en Buenos Aires porque las guardo para mi cobertura para la revista Caras y Caretas que oportunamente subiré a este blog, pero si quiero decir algunas palabras de la película chilena citada más arriba.


El año del Tigre es, a mi criterio, una película que va al Chile profundo. El Chile de hazlo tú mismo, el Chile donde el Estado apenas llega, el Chile del Norte, o del Sur, como en este caso, que se hace con, y casi exclusivamente, el esfuerzo,  la inteligencia y la resilencia de la gente en un contexto de orfandad y de una naturaleza amenazante. Por supuesto en El año del Tigre esto está exacerbado porque acaba de pasar el Tsunami del 27 de febrero del 2010. Pero la película, y si bien se concentra en cierta trama (en seguir los pasos de su protagonista que en medio del caos se escapa de una cárcel) no habla solo del después de una catástrofe tan terrible sino, insisto, del sentimiento de estar a la deriva espiritual.

Una deriva que parece carnal bajo la piel de los personajes de El año del Tigre: del preso que se escapa, de la viejecita muerta, del cazador que, de alguna manera, pide que lo liberen de ese sentimiento con su propia muerte.  Un sentimiento tan potente que incluso el hombre prófugo prefiere volver a encerrarse que hacerle frente. La película está, además, atravesada de distintas referencias las cuales, depende quien la mire, pueden pertenecer al mainstream o al llamado cine de arte. Pero más allá de estos guiños (el del comienzo un tanto explícito)  el film logra transformarse en un “objeto” por sí mismo.

Me parece que con esta película Leio demuestra voluntad de filmar y de no repetirse. Pues si con su ópera prima (La Sagrada Familia) se focalizaba en personajes alienados pertenecientes a la clase media alta chilena, aquí se mete con la faceta del Chile menos explorado por la cinematografía chilena contemporánea y que los cineastas de la capital suelen eludir: la de los personajes que hablan bajito, a los que apenas se les entiende, y que tienen que autoabastecerse para subsistir. El modo en que cuenta esto es, en alguna medida, similar a aquella otra película: por momentos cámara en mano, acercamiento al rostro de sus actores, pero la comprensión de su país es distinta y más abarcativa.